Ayer, en mi primera entrada, me preguntaba (entre muchos otros cuestionamientos) por dónde empezar. La respuesta me la dio Esteban, me recordó una frase de Νίκος Καζαντζάκης que me acompaña siempre, de su libro Carta al Greco: "Empecemos por Grecia".
Quiero buscar la cita exacta y tomo el libro. Un capítulo se llama Deseo de huída y ahí leo: "La casa paterna se volvía estrecha".
Leí este libro en 1983 (estando embarazada de Lara) pero conocía a Kazantzakis desde la adolescencia, no prendió en mí su religiosidad pero sí su espíritu viajero.
Uno de mis deseos más ardientes ha sido siempre el de viajar. Ver, tocar tierras desconocidas, entrar y nadar en mares diversos, recorrer el mundo, mirar y mirar y no hartarse de ver tierras, mares, ideas, hombres nuevos, ver cada cosa por primera y última vez, posando sobre ella una larga mirada, luego cerrar los ojos y sentir cómo las riquezas se depositan en mí calmosamente, o en medio de la tempestad, como lo deseen, hasta que el tiempo las pase por su fino cedazo y de todas las alegrías y de todas las amarguras sólo quede la fina flor - esa alquimia del corazón constituye una gran voluptuosidad digna del hombre.
(...)
He oído decir que en los tiempos antiguos las mujeres turcas se ponían todas las tardes en fila en el jardín del harén, recién lavadas y perfumadas, con el pecho descubierto, y que el sultán bajaba a elegir. Él tenía un pañuelito, lo metía bajo la axila de cada una, luego lo olía y elegía la mujer cuyo perfume le gustaba más aquella tarde.
Así es como se pusieron ante mí en fila las comarcas.
Recorro el mapa con mirada ávida y presurosa; ¿dónde ir? ¿qué tierra, qué mar ver primero? Todas las comarcas tienden sus brazos y me invitan. Alabado sea Dios, el mundo es grande, y por más que digan los perezosos, la vida del hombre es larga, tenemos tiempo de ver todas las regiones y disfrutar de ellas.
Empecemos por Grecia.
En 1998 Lara cumplía 15 años y eligió viajar en lugar de la clásica fiesta. Eligió Italia y Grecia, y cuando surcábamos el Mar Egeo y mirábamos los reflejos dorados entre el azul del cielo y el azul del mar diciéndonos que allí estaba el Olimpo, nos acompañaban siempre las palabras de este autor griego.
Sí, empecemos por Grecia.
Quiero buscar la cita exacta y tomo el libro. Un capítulo se llama Deseo de huída y ahí leo: "La casa paterna se volvía estrecha".
Leí este libro en 1983 (estando embarazada de Lara) pero conocía a Kazantzakis desde la adolescencia, no prendió en mí su religiosidad pero sí su espíritu viajero.
Uno de mis deseos más ardientes ha sido siempre el de viajar. Ver, tocar tierras desconocidas, entrar y nadar en mares diversos, recorrer el mundo, mirar y mirar y no hartarse de ver tierras, mares, ideas, hombres nuevos, ver cada cosa por primera y última vez, posando sobre ella una larga mirada, luego cerrar los ojos y sentir cómo las riquezas se depositan en mí calmosamente, o en medio de la tempestad, como lo deseen, hasta que el tiempo las pase por su fino cedazo y de todas las alegrías y de todas las amarguras sólo quede la fina flor - esa alquimia del corazón constituye una gran voluptuosidad digna del hombre.
(...)
He oído decir que en los tiempos antiguos las mujeres turcas se ponían todas las tardes en fila en el jardín del harén, recién lavadas y perfumadas, con el pecho descubierto, y que el sultán bajaba a elegir. Él tenía un pañuelito, lo metía bajo la axila de cada una, luego lo olía y elegía la mujer cuyo perfume le gustaba más aquella tarde.
Así es como se pusieron ante mí en fila las comarcas.
Recorro el mapa con mirada ávida y presurosa; ¿dónde ir? ¿qué tierra, qué mar ver primero? Todas las comarcas tienden sus brazos y me invitan. Alabado sea Dios, el mundo es grande, y por más que digan los perezosos, la vida del hombre es larga, tenemos tiempo de ver todas las regiones y disfrutar de ellas.
Empecemos por Grecia.
Kazantzakis, Niko. Carta al Greco. Itinerario espiritual autobiográfico
Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1982.
En 1998 Lara cumplía 15 años y eligió viajar en lugar de la clásica fiesta. Eligió Italia y Grecia, y cuando surcábamos el Mar Egeo y mirábamos los reflejos dorados entre el azul del cielo y el azul del mar diciéndonos que allí estaba el Olimpo, nos acompañaban siempre las palabras de este autor griego.
Sí, empecemos por Grecia.