domingo, 2 de septiembre de 2018

¿Por dónde empezar?

Ayer, en mi primera entrada, me preguntaba (entre muchos otros cuestionamientos) por dónde empezar. La respuesta me la dio Esteban, me recordó una frase de Νίκος Καζαντζάκης que me acompaña siempre, de su libro Carta al Greco: "Empecemos por Grecia".
Quiero buscar la cita exacta y tomo el libro. Un capítulo se llama Deseo de huída y ahí leo: "La casa paterna se volvía estrecha". 
Leí este libro en 1983 (estando embarazada de Lara) pero conocía a Kazantzakis desde la adolescencia, no prendió en mí su religiosidad pero sí su espíritu viajero.

Uno de mis deseos más ardientes ha sido siempre el de viajar. Ver, tocar tierras desconocidas, entrar y nadar en mares diversos, recorrer el mundo, mirar y mirar y no hartarse de ver tierras, mares, ideas, hombres nuevos, ver cada cosa por primera y última vez, posando sobre ella una larga mirada, luego cerrar los ojos y sentir cómo las riquezas se depositan en mí calmosamente, o en medio de la tempestad, como lo deseen, hasta que el tiempo las pase por su fino cedazo y de todas las alegrías y de todas las amarguras sólo quede la fina flor - esa alquimia del corazón constituye una gran voluptuosidad digna del hombre.
(...)
He oído decir que en los tiempos antiguos las mujeres turcas se ponían todas las tardes en fila en el jardín del harén, recién lavadas y perfumadas, con el pecho descubierto, y que el sultán bajaba a elegir. Él tenía un pañuelito, lo metía bajo la axila de cada una, luego lo olía y elegía  la mujer cuyo perfume le gustaba más aquella tarde.
Así es como se pusieron ante mí en fila las comarcas.
Recorro el mapa con mirada ávida y presurosa; ¿dónde ir? ¿qué tierra, qué mar ver primero? Todas las comarcas tienden sus brazos y me invitan. Alabado sea Dios, el mundo es grande, y por más que digan los perezosos, la vida del hombre es larga, tenemos tiempo de ver todas las regiones y disfrutar de ellas.
Empecemos por Grecia. 
Kazantzakis, Niko. Carta al Greco. Itinerario espiritual autobiográfico
Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1982.

En 1998 Lara cumplía 15 años y eligió viajar en lugar de la clásica fiesta. Eligió Italia y Grecia, y cuando surcábamos el Mar Egeo y mirábamos los reflejos dorados entre el azul del cielo y el azul del mar diciéndonos que allí estaba el Olimpo, nos acompañaban siempre las palabras de este autor griego.

Sí, empecemos por Grecia.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Hace un tiempo (¿meses, años?) abrí este Blogger seguramente con la idea de ir registrando mis vivencias viajeras. Y lo había olvidado...
No quiero perder ese impulso que quedó obstaculizado ¿por el trabajo, por la pereza o simplemente en algún recoveco del olvido? y que hoy aparece así: de la nada, por un aviso en mi correo electrónico.
Las dudas del que escribe frente a la página en blanco me asaltan: si pretendo escribir sobre mis "paseos" ¿empiezo a contar sobre el último que es el que más me acuerdo, o elijo uno de hace años?... ¿cuál?, ¿incluyo los viajes a lugares cercanos?, ¿lo voy a hacer público?, ¿mucho texto con fotos o muchas fotos con epígrafes aclaratorios?...  todas dudas, ninguna certeza ni planificación.
Pero si fue el caprichoso azar el que me trajo hasta aquí, será él el que me indique por dónde comienzo a relatar los paseos de una mujer que encuentra felicidad en cada nuevo camino.

¿Cuándo comenzó esta pasión?  ¿Cuando viajábamos a visitar en familia a mis abuelos a Moreno, tan lejano, utilizando cuatro medios de transporte: un colectivo barrial, la Costera (¡un micro!), un tren y otro colectivo barrial? Y llegar caminando por calles de tierra, casaquintas y terrenos baldíos hasta la casita que ellos cuidaban y que estaba rodeada de almácigos con verduras, alfalfa, conejos, jardín con flores...
Cuando peleaba con mi madre (adolescencia difícil, adolescente rebelde) me imaginaba siempre tomando un tren hacia cualquier lado, para liberarme de la disciplina familiar.
Cuando mi madre, con mucha crueldad, me decía que yo era hija de los gitanos: yo me iba en sueños tras ellos y me imaginaba durmiendo en carpas itinerando por los pueblos, loca de felicidad.
Y en primer año de la secundaria fui con mi papá a visitar las embajadas de Bélgica y Alemania para pedir material que pedían en la escuela. Si fuimos a otras, lo olvidé. Recuerdo las imágenes belgas, que recorté y pegué cuidadosamente en mi carpeta, extasiándome con los edificios y paisajes flamencos (destino elegido en mi primer viaje a Europa). Y un libro sobre Alemania que por primera vez me mostró  los albergues juveniles y que yo imaginé que podían albergar jóvenes que huían de su hogar y que, ya no creyendo el cuento de los gitanos, me mostró otro camino de escape que funcionaba maravillosamente en los sueños que planificaba despierta.


Otra relación que hago hoy es un abuelo que gana con un billete de lotería y se gasta  el dinero del premio comprando un pasaje a Buenos Aires, no sé si por aventurero o para escapar de la pobreza de su tierra natal, Zamora, España.

Algo de todo esto hizo brotar en mí la semilla viajera.
1 de septiembre de 2018